12 Jun Marina Martínez Arcos es psicóloga sanitaria experta en la intervención psicológica en adultos
Marina Martínez Arcos es psicóloga sanitaria experta en la intervención psicológica en adultos, especializada en adicciones y violencias familiares. Desarrolla su actividad profesional en el centro de tratamiento ALTER, en Barcelona, realizando terapias grupales e individuales.
¿Cómo es el consumo de las mujeres y qué características diferenciales tiene respecto al de los hombres?
El género es un eje estructural en nuestra sociedad y, por tanto, también influye en las motivaciones para consumir drogas, el tipo de sustancias consumidas, la vía de administración o los patrones de consumo.
Aunque no existe un único perfil de mujer con adicción, tradicionalmente las mujeres iniciaban el consumo a una edad más tardía, consumían con mayor frecuencia sustancias legales y socialmente normalizadas, como el alcohol, el tabaco o los hipnosedantes, y utilizaban vías de administración consideradas menos riesgosas.
Actualmente, sabemos que estos datos están cambiando entre la población joven, ya que la edad de inicio del consumo es muy similar entre chicos y chicas. Sin embargo, esto no significa que el consumo se haya igualado, ya que las consecuencias derivadas de los mismos consumos no son las mismas para ellas que para ellos.
En cierta medida, consumir entre los chicos jóvenes sigue siendo algo más esperado socialmente, por lo que reciben menos presión y castigo social.
También estamos detectando diferencias en las motivaciones de inicio. Muchos chicos comienzan a consumir sustancias dentro de su grupo de iguales como una forma de reafirmar la masculinidad tradicional: demostrar fortaleza, resistencia, valentía o capacidad para asumir riesgos. Mientras ellos suelen iniciar el consumo para ser aceptados dentro de un grupo, muchas chicas lo hacen como una vía de evasión ante distintos malestares emocionales.
¿Dónde están las mujeres con problemas de adicción?
Hablar de cómo son los consumos de las mujeres nos ayuda a incorporar en nuestro imaginario colectivo la existencia de mujeres con adicción. Sin embargo, en los centros de tratamiento la mayoría de las personas atendidas siguen siendo hombres.
El consumo de sustancias y la adicción tienen significados diferentes para hombres y mujeres, y también son percibidos de forma distinta por la sociedad. Las mujeres con adicción sufren una mayor penalización y exclusión social. Están sometidas a un doble o incluso triple estigma: por ser mujeres, por tener una adicción y por ser consideradas, en muchos casos, “malas madres”.
Esta presión las lleva a desarrollar más estrategias de ocultación y mecanismos como la negación, relegando el consumo al ámbito privado y solitario.
Todas estas circunstancias contribuyen a invisibilizar el consumo femenino. Como consecuencia, muchas mujeres llegan más tarde al tratamiento, en mayor situación de vulnerabilidad y con menos apoyo social. Actualmente, solo el 20 % de las personas atendidas en los centros de tratamiento son mujeres y, cuando acceden a ellos, suelen hacerlo más tarde, más deterioradas y más solas.
¿Cómo podemos favorecer el inicio del tratamiento en las mujeres?
Para facilitar el acceso y la permanencia de las mujeres en tratamiento es necesario incorporar la perspectiva de género en todos los ámbitos: investigación, prevención, reducción de daños, tratamiento e intervención.
Solo así podremos comprender las características específicas de sus consumos y diseñar tratamientos adaptados a sus necesidades. Actualmente, el patrón masculino de consumo sigue siendo el modelo de referencia predominante, y muchos tratamientos continúan diseñándose pensando principalmente en los hombres.
Por ejemplo, si tenemos en cuenta la socialización de género que reciben las mujeres respecto a la importancia de los vínculos y los cuidados, entenderemos que el aislamiento inicial en un centro de ingreso no supone lo mismo para un hombre que para una mujer, especialmente cuando esta tiene hijos o hijas.
Facilitar el contacto y la comunicación con familiares y personas significativas, e incluir a los hijos e hijas dentro del proceso terapéutico, puede ser fundamental para superar determinadas barreras de género.
Otro temor muy frecuente entre las mujeres con adicción es la posible retirada de la custodia de sus hijos e hijas si inician un tratamiento. Por ello, sería imprescindible desarrollar campañas de sensibilización que contribuyan a desestigmatizar el tratamiento de las adicciones en las madres.
A nivel social, los hijos e hijas de estas mujeres están en contacto con diferentes agentes que pueden activar protocolos de protección, siendo habitualmente la escuela quien detecta situaciones de negligencia y las comunica a los servicios sociales. Sin embargo, estar realizando un tratamiento constituye un importante factor de protección ante estas mismas situaciones.
Los grupos terapéuticos no mixtos también han demostrado una gran eficacia para crear espacios seguros donde trabajar experiencias relacionadas con abusos, relaciones familiares, violencias, miedos, inseguridades y emociones tan frecuentes como la vergüenza o la culpa.
No obstante, todas estas medidas pierden eficacia si la perspectiva de género no se incorpora de forma transversal a toda la intervención. Esto implica revisar los proyectos terapéuticos y promover la formación y reflexión continua de todos los profesionales que trabajan con personas con adicciones.
Si los vínculos son importantes, ¿qué papel tiene la familia en el tratamiento de las mujeres con adicción?
En cualquier tratamiento de adicciones, la familia desempeña un papel fundamental tanto antes como durante el proceso terapéutico. La comunicación y los límites que establezcan las personas con las que existe convivencia pueden favorecer cambios en la dinámica familiar y facilitar la toma de conciencia sobre la enfermedad.
Una vez iniciado el tratamiento, la mujer comienza a poner en práctica cambios asociados a la abstinencia y a su proceso de empoderamiento. Puede establecer límites de forma más consciente, recuperar intereses fuera del ámbito doméstico o crear nuevos vínculos sociales.
Todos estos cambios tienen un impacto en las personas de su entorno, especialmente en aquellas con las que mantenía dinámicas relacionales consolidadas. Por ello, incluir de forma directa o indirecta a la pareja, los hijos e hijas o la familia en el tratamiento puede resultar muy positivo para favorecer la reparación y el fortalecimiento de los vínculos.