pexels-vera-arsic-984950

Codependencia

Cuando un integrante de la familia desarrolla un trastorno por consumo de sustancias todo el
grupo familiar se ve afectado. Algunas conductas que antes estaban presentes desaparecen, otras
nuevas las sustituyen. Aparecen conductas de vigilancia, de cuidado, de preocupación y
desaparecen muchas conductas de ocio o sociales. La afectación también se produce a nivel
psicológico y emocional.

En general este papel de cuidador le suele tocar a las mujeres de la familia: madres, parejas,
hermanas o hijas. Ellas siempre han sido las encargadas del bienestar familiar; cuidar del hogar,
atender a los niños, enfermos y discapacitados ha sido parte de sus funciones, incluso ahora en
pleno siglo XXI esto sigue siendo así.

Algunos de los integrantes de la familia enferman junto con el adicto. Hay autores que lo
llaman co-adicción. Cuando estos cambios en el cuidado y la atención al adicto se vuelven
obsesivos, cuando el familiar quiere a toda costa controlar la conducta del adicto hablamos de co-dependencia.

¡Pues vaya! ¡Así que ahora la enferma soy yo!

No, no estoy diciendo eso… bueno… en parte sí, pero…

¿En qué quedamos entonces? ¿Estoy enferma o no?

Esta conversación creo haberla tenido unas cuantas veces y lo cierto es que resulta difícil de
explicar a alguien que ha sufrido lo indecible que, además de todo eso, padece de un trastorno de
conducta llamado co-dependencia.

Algunos intentamos explicar este fenómeno desde la teoría de sistemas. Por un lado
entendemos a la familia como un sistema y como tal este participa en un conjunto de fenómenos de
autorregulación (homeostasis), conducentes al mantenimiento de la integridad del mismo sistema,
en este caso la familia. Los cambios que se producen son por tanto conductuales, orientados a
mantener esa estabilidad. Así aparece esa vigilancia, preocupación, atención. Estos cambios
requieren de energía que se aporta recortando de otras actividades que se suponen prescindibles.

La frustración que se siente al ver el fracaso constante crea un malestar emocional y psicológico que
provoca un aumento en la conducta de cuidado. Y así, sin darnos cuenta, vamos cambiando todo
nuestro repertorio conductual, poco a poco, para convertirnos en el guardián del adicto

pexels-cottonbro-4065880

Adictos al Amor

«Uno debería vivir siempre enamorado.
Por eso no debería casarse».
Oscar Wilde.

Hoy en día se habla mucho de las adicciones sin tóxico, es decir, de las adicciones en las que no
intervienen sustancias como el alcohol, el cannabis o la cocaína; también conocidas como adicciones
conductuales. Algunos ejemplos de estas son: la adicción al juego, a las compras, al sexo, a la pornografía, a
las redes sociales o a internet. Hoy voy a hablaros otra de estas adicciones, de una que apenas se conoce,
aunque muchos de vosotros/as os veréis rápidamente identificados, hoy hablaremos de la adicción al amor o,
mejor dicho, de la adicción al enamoramiento.

No hablamos de algo romántico, ni de poesía, hablamos de una adicción y por tanto de química y de
cambios en el cerebro. Cuando alguien se enamora experimenta una sensación muy peculiar, un placer tan
intenso que no encontraremos otra cosa en la vida que sea comparable. Los colores son más brillantes, el aire
más fresco, la gente es más simpática, todo es mucho más agradable; desaparecen los problemas y el
optimismo y la felicidad se derrochan a caudales. ¡Embriagados de amor! ¡Qué bonito! Solo que esto se
acaba, no dura siempre.

Así lo entendemos todos, y así lo vivimos todos. Bueno, todos no. Algunas personas no aceptan el bajón
que viene al poco tiempo y buscan un perpetuo estado de enamoramiento. El cerebro se obsesiona con esos
primeros estados del amor, igual que un heroinómano se obsesiona con la heroína o un alcohólico con el
alcohol. Estamos hablando de una adición, porque no importa cuál sea el estímulo, es una cuestión de
química.

En el cerebro enamorado aumentan los niveles de algunos neuroquímicos también llamados
neurotransmisores, como la dopamina, relacionada con los circuitos de recompensa y el placer; la
noradrenalina, responsable de la sensación de euforia o excitación y la serotonina, que actúa sobre las
emociones y el estado de ánimo y es la responsable de la sensación de felicidad.

Estos cambios en la química cerebral son muy parecidos a los que se siente cuando consumimos drogas,
por ejemplo, la cocaína, lo que hace es bloquear los receptores que eliminan estos neurotransmisores una vez
han sido usados, aumentando así los niveles y provocando esa sensación de euforia y placer. Todas las drogas
alteran, de una manera u otra, estos niveles en el cerebro, cada una con sus propios mecanismos. En las
adicciones conductuales es la propia conducta la que provoca que se estimule la producción de estos
neurotransmisores y de esta manera aumentan los niveles.

El cerebro, con el tiempo, vuelve a los niveles normales de estos químicos del amor, se estabiliza, igual
que ocurre con las drogas cuando se toman durante un periodo largo de tiempo. Algunas personas lo
interpretan como la pérdida del amor, cuando en realidad lo que ha ocurrido es que los receptores neuronales
se han acostumbrado a ese exceso de neuroquímicos. La sensación tan inmensa de placer desaparece. Este
proceso se conoce como habituación o tolerancia; de alguna manera el cerebro es menos sensible a los
efectos de las drogas o, en este caso, de las conductas que cambian el equilibrio químico del cerebro.

Entonces el adicto necesita aumentar la dosis para seguir sintiendo esa sensación de placer, busca
ansiosamente recuperar el estado de embriaguez que tenía y para ello se embarca en relaciones peligrosas,
conflictivas, hirientes, con peleas y reconciliaciones, celos, engaños, infidelidades. Sabotea las relaciones
que funcionan en el momento en que el subidón del enamoramiento empieza a bajar y acusa al otro de todos
los problemas. También puede ser que cambie constantemente de pareja, saltando de un idilio a otro, con tal
de mantener viva esa sensación de novedad. Algunos pueden establecer varias relaciones a la vez, en una
intriga tormentosa de infidelidades, engaños y mentiras. Cualquier cosa con tal de mantener ese subidón
emocional, que el flujo de químicos no cese.

Puede que algún lector confunda esta adicción con la dependencia emocional o con la adicción al sexo.
En la primera es una vinculación afectiva exagerada el signo más característico y en la segunda lo que
encontramos es precisamente lo contrario, esto es, un desinterés afectivo. En la adicción al amor la
vinculación afectiva es fuerte al principio y se deteriora cuando termina la novedad.